Identidades virtuales. Creación y relaciones

11 11 2008

Cuando las pantallas de los dispositivos electrónicos comienzan a poblar casi cada espacio de nuestra sociedad digitalizada, la concepción de la realidad parece retroalimentarse desde cada una de ellas. Nuestro espacio vital salta las fronteras del espacio y del tiempo para aumentar, a través de cada pantalla, la realidad que el espacio podría ofrecer por si mismo. En nuestro salón hay espacio para una carrera de caballos, para una guerra nuclear y para presenciar la danza de un grupo indígena de las antípodas. Pero esta “metarealidad” que nos llega a través de los dispositivos, ¿es realidad y debemos tratarla tal y como lo hacemos con la que percibimos directamente?

Ambas realidades son paralelas y están interconectadas. No hay duda de que lo que hagamos en la vida real puede reflejarse en la pantalla y que lo que aparezca en la pantalla repercutirá en nuestras vidas. Pero el aspecto más significativo de la realidad digitalizada a través de imágenes de vídeo es su ausencia de una determinación en el espacio-tiempo.

Hasta hace unos años, cuando las pantallas eran meros emisores de contenido porque solo las grandes corporaciones televisivas podían emitir, nuestra interacción con la realidad digital parecía limitada. Pero en la actualidad, y potenciada por la aparición de la web 2.0 y las redes sociales en Internet, podemos ser partícipes de esa realidad virtual. Si damos un paso más en la creación saltamos de lo inanimado del contenido media a las realidades personales.

Esta realidad 2.0 nos permite enviar información y construir un “yo” digitalizado tan alejado de nuestra realidad natural como lo deseemos. Se abre un mundo enorme de posibilidades en la construcción de nuestra identidad virtual, no solo al construirlas con mayor o menor similitud de la real, sino pudiendo multiplicar identidades paralelas, potenciar filias y fobias, simular situaciones… Todo ello, soportado por que la realidad virtual no se rige por las necesidades biológicas de construcción de una identidad o un espacio, sino que permite la creación de identidades fugaces o intermitentes en el tiempo, singulares o múltiples y ajenas a una geolocalización espacial.

Podemos transgredir las determinaciones de espacio y tiempo necesarias en el proceso de conocimiento propio y ajeno. La lenta construcción de la configuración humana desaparece. La configuración virtual depende de los métodos de input, los complicadísimos procesos biológicos que configuran la realidad de un ser humano desaparecen. Una identidad virtual surge sin nacer ni desarrollarse, surge siendo, no necesita un pasado. Esta nueva identidad virtual tampoco depende de localizaciones geográficas para desarrollarse, serán los medios tecnológicos que tenga a su alcance su realidad creadora los que determinen su rango de acción, y este rango nada tiene que ver en su esencia con la geografía. Situada en esta confusión en el espacio y el tiempo la identidad virtual comienza a interactuar con otras identidades.

En el espacio virtual la identidad interactúa con el medio, pero su medio es consecuencia del desarrollo informático. En este ámbito no existen piedras, ni árboles ni animales. La identidad virtual dilucida cuanto hay de humano y cuanto de máquina en su entorno. Su percepción llega a través del medio digital, pero los símbolos que recibe pueden estar originados tanto por humanos como por máquinas. Una frase con determinado significado, al estar formateada digitalmente pierde lo que tenía de humano y la hace indistinguible de una generada mediante un programa informático. El lenguaje no implica una mente que lo soporte. La mente virtual puede tratarse de un desarrollo software y la identidad con la que se interactúa ser realmente una máquina hardware. Pero en cualquier caso la identidad virtual interactuará a través de los dispositivos output, normalmente una pantalla.

Es en esta interacción a través de la pantalla donde se enlaza la realidad con lo virtual, surgiendo en este punto una confusión de tratamientos comprensivos, de reglas y vínculos de identificación. Este choque de modelos surge porque inevitablemente la identidad virtual necesita de una identidad real que la provoque y la soporte. Cuando esa identidad real se enfrenta a una realidad virtual surge el problema.

Si se interpreta la realidad virtual que es creación propia como una identidad real, pero en cambio se engloban el resto como identidades puramente digitales sin sustento real se cosifica la identidad ajena. Se ignora su realidad humana originaria y la relación se convierte en un proceso mental propio tomado como un diálogo humano-máquina.

Pero en cambio, si la relación se desvincula totalmente de su aspecto digital y se toma como una conexión entre humanos tal y como se daría en la realidad, se está desvinculando a las identidades virtuales de su ámbito espacio-temporal y se las está juzgando con parámetros que no son los suyos, corrompiendo los procesos de comprensión que utilizamos en la realidad y chocando de lleno con los aspectos más significativos y diferentes desde los que parten las identidades virtuales, que no necesitan compartir un espacio y un determinado momento de manera continuada para relacionarse.

Entonces, no podemos pensar que la relación entre una identidad virtual y su identidad humana originaria consiste en una identificación, sino simplemente en una creación artificial. Desde ahí es desde donde debemos partir en la comprensión de la identidad virtual, tanto ajena como propia.

Anuncios

Acciones

Information

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s




A %d blogueros les gusta esto: